Ya vimos que los beneficios de la fe suceden por la obediencia a la Palabra. Pero lo que ha pasado desapercibido es que la obediencia en sí es una actitud. No, sentimiento.
Fe es actitud, acción, movimiento. Cuando andamos en la fe, el Espíritu de Dios nos mueve. Entonces, no hay miedo, dudas, ansiedad o preocupación. Antes, hay certeza, convicción, determinación y coraje para poner en práctica La Dirección . Esa química de la fe combina con el Espíritu.
Andar en Espíritu es andar en la fe o en movimiento. De nada sirve tener conocimientos bíblicos y no tomar actitudes.
Muchos piensan que eso es suficiente para la salvación y se acomodan en la fe. Son activos en la desobediencia pero pasivos en la práctica de la Palabra. Para ellos el Señor da el siguiente recado: “Pero al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca?” (Salmo 50:16).
El poseído por el Espíritu es guiado como por un Viento impetuoso. Es obediente. Por eso, el Espíritu Santo inspira, él lo pone en práctica y conquista su tierra prometida.
Todas las promesas de Dios, no suceden de forma automática. Hay que tomar posesión de ellas. Entre ellas y su cumplimiento existe un camino a recorrer. Es por la acción de la fe que se toma posesión de las promesas.
La salvación del alma no es diferente. Fuimos salvos, somos salvos y seremos salvos si perseveramos en la fe. Si continuamos viviendo de fe en fe, tomando actitudes, siguiendo la dirección del Espíritu.




