Recorrido del humo en el cuerpo del fumador.

Si bien todos los sistemas que integran el organismo humano son necesarios, el sistema respiratorio adquiere una vital importancia, pues permite la entrada del oxígeno y la salida del dióxido de carbono para que todos los demás puedan seguir funcionando.
El aire que penetra por las fosas nasales atraviesa las vías respiratorias y llega a los alvéolos pulmonares, microscópicos sacos de paredes delgadas, donde tienen lugar los intercambios gaseosos.
Para evitar que las partículas que ingresan con el aire lleguen a los alvéolos e impidan su normal funcionamiento, existen varios mecanismos de protección. Uno de ellos lo constituyen los folículos pilosos de la entrada de la nariz, que retienen las partículas de cierto tamaño que contiene el aire; otro es el epitelio que tapiza las fosas nasales, que humedece y entibia el aire, aunque en el caso del humo del cigarrillo no es necesario, pues su temperatura es elevada. Una tercera forma de protección es el constante movimiento de las cilias de la tráquea y de los bronquios, que barren el mucus y las partículas que se adhieren a él hacia la faringe, donde son deglutidas y eliminadas luego por los órganos digestivos.
Estas formas de protección resultan alteradas en el fumador: la nicotina paraliza la función ciliar, impidiendo así la normal eliminación del mucus, que se acumula y obstruye los bronquios; el alquitrán se deposita en las cilias bronquiales y bloquea su función, por eso las partículas de esta sustancia pueden llegar hasta los sacos alveolares y acumularse en ellos, como consecuencia el pulmón adquiere una consistencia rígida que impide su normal funcionamiento.
También actúa sobre las cilias el monóxido de carbono, que las paraliza, y el cianuro de hidrógeno que las destruye.
Como consecuencia de la constante irritación causada por el humo del tabaco y ya sin la protección de las cilias, las células mucosas del epitelio se agrandan y secretan más cantidad de mucus, en tanto que las células basales se multiplican y ocupan un espacio mayor que el habitual. Con el transcurso del tiempo el mucus queda atrapado en los bronquios, lo que origina una tos característica y persistente conocida como “ Tos del Fumador “.
Como el aire no puede circular libremente, queda detenido en los alvéolos , cuyas paredes se distienden en forma excesiva, pierden elasticidad y llegan a romperse, originando así el enfisema pulmonar. El fumador tiene gran dificultad para respirar y se ve obligado a jadear para no asfixiarse.
A la desaparición de la ciliar y a la multiplicación de las células basales se suma la aparición de células anormales, lo que constituye una situación de riesgo precanceroso, que aun es reversible si desaparece la causa de la irritación, es decir la acción de fumar.
De lo contrario las células se introducen en tejidos más profundos, las células normales desaparecen y se desarrolla en cambio gran cantidad de células atípicas que son el comienzo de la invasión cancerosa. Si el proceso continúa, las células cancerosas se infiltran a tejidos vecinos y se diseminan en otros órganos alejados por metástasis.