Matándonos lentamente
Las palabras permanecen para siempre. En el momento en que usted las pronuncia en voz alta las está escribiendo en el corazón de alguien, y muchas veces una persona puede vivir la vida entera basada en estas
palabras.
Dios tolera nuestros corazones testarudos día tras día y sin embargo Él no nos destruye con palabras. Al contrario, Él esta siempre diciéndonos cosas buenas: que siempre podemos volver a empezar (Isaías 43:18, 19); que Él jamás se olvidará de nosotros (Isaías 49:15); que Él siempre estará con nosotros (Mateo 28:20); que su amor es incondicional (Romanos 8:35); que somos la niña de sus ojos (Zacarías 2:8); que nuestros nombres están escritos en la palma de Sus manos (Isaías 46:16), entre otras palabras.
Además de tener que lidiar con nuestros malos pensamientos, agradecemos a cualquier persona que conozca qué, cuándo, y de qué forma hablar.
Una de las mejores maneras de evitarles esta carga a los demás es no hablar cuando estamos enojados porque es prácticamente imposible filtrar las palabras en esas circunstancias.
Deje que las cosas se calmen; tal vez sería preferible que lo hable al día siguiente o más tarde, durante la semana… y si usted no se siente listo para hablar no lo haga.
¿Qué le parece si a partir de ahora nos proponemos escuchar más y hablar menos?
Recuerde: “El que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad” (Proverbios 13:3).

