Observe que en la iglesia la persona siente bienestar, paz, pero cuando sale enfrenta los mismos problemas que estaba enfrentando, que pueden ser de orden familiar, financiero o espiritual. Cuando se está allí afuera enfrentando esas situaciones, obviamente su estado de espíritu cae, su fe disminuye.
Por no ver de inmediato la solución que le gustaría, la persona se siente débil delante de ese determinado problema. Entonces su fe cae y la duda, al mismo tiempo, crece. Por esto, la persona queda abatida, estresada, deprimida, malhumorada, con su fe perdida y no sabe qué hacer.
Sucede que muchas personas van a la iglesia, llenan la batería de la fe, salen bien, pero después tienen que enfrentar sus problemas nuevamente, en la misma lucha y angustia. Y eso se repite. ¿Será eso lo que Dios quiere? ¿Qué estemos bien cuando estamos en la iglesia para que después vivamos una situación crítica? No. Dios no es una pastilla que termina con el dolor por aquel momento. O Él hace o no hace. ¿Pero, cómo trabaja? Él trabaja en cooperación con nosotros. El milagro que Dios hace en nuestras vidas depende de nosotros.
Cualquiera sea el milagro que anhelo en mi vida, soy yo el que tiene que tomar actitudes en primer lugar para que Dios coopere. Es ese matrimonio que produce el milagro. La persona será fuerte tanto dentro de la iglesia como afuera, sólo si se produce una nueva vida, una transformación dentro de ella.

